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jueves, 22 de marzo de 2012

EL CLEMENTE

El abuelo me dejó colgar en la carnicería, al lado de las ristras de ajo, un Clemente de cartulina amarilla que me había llevado una tarde entera hacer. Tenía las patas a rayas y el pico en relieve. Yo los hacía para venderlos, pero al abuelo se lo regalé.

El Clemente no tenía brazos. Yo tenía miedo de que un día el abuelo cayera encima de la sierra y se quedara sin brazos.

Un día se resbaló y se cortó la mano hasta el hueso, lo cosieron, lo enyesaron y siguió teniendo la mano. Cuando se jubiló, y vendió la sierra, junto con las demás herramientas y heladeras, el médico quiso cortarle una pierna, por la diabetes.

viernes, 17 de febrero de 2012

CORDEROS

Cuando pasábamos al lado del abuelo, si estaba desocupado y tenía la fusta a mano, nos daba un chirlo y nos decía que nos pegaba con anticipación, por si después nos mandábamos alguna cagada.
Si nos portábamos bien nos dejaba darle la leche a los corderos guachos. La mamadera era una botella de vino 3/4 con un pico hecho de cuero. El abuelo criaba los corderos cerca de la casa, casi en el patio. A veces vendía alguno, pero casi siempre los comíamos para algún festejo, o para Navidad. La gente venía a pedirle chivos, pero él no quería criarlos porque gritan como unos condenados cuando los carnean. Parece que van adivinando la intención de uno. Te vas acercando y ya empiezan a gritar. En cambio los corderos, no hacen problema.
La primera vez que un novio fue a casa, el abuelo asó un cordero en el horno de barro. A mí me dió un poco de vergüenza, como si festejara que alguien me hubiese dado bola. Igual, cuando yo le había contado que tenía novio, se rió y me dijo:
-No sabés limpiarte el culo y querés tener novio...
Como a m{i me gustaba ir a la ciudad a dar vueltas, él me decía que perdía el tiempo si esperaba encontrar novio por ahí, porque me iba a terminar casando con un gringo que me iba a llevar a vivir a un tambo.