reventadas
medio podridas
picoteadas por los pájaros,
estaban en los árboles.
Había que cosecharlas antes de que se cayeran.
El abuelo me dejó colgar en la carnicería, al lado de las ristras de ajo, un Clemente de cartulina amarilla que me había llevado una tarde entera hacer. Tenía las patas a rayas y el pico en relieve. Yo los hacía para venderlos, pero al abuelo se lo regalé.
El Clemente no tenía brazos. Yo tenía miedo de que un día el abuelo cayera encima de la sierra y se quedara sin brazos.
Un día se resbaló y se cortó la mano hasta el hueso, lo cosieron, lo enyesaron y siguió teniendo la mano. Cuando se jubiló, y vendió la sierra, junto con las demás herramientas y heladeras, el médico quiso cortarle una pierna, por la diabetes.
Saco mi lengua bífida fría anfibia
Contra el viento
Que se vuelve gotas
Se condensa
Cae a chorros por mi boca abierta
Y no es baba
La humedad viene de la laguna
Escupo agua de la laguna
Agua con gusto a sábalo
A barro fondo mugre
Escupo casi todo
Y trago un poco